Después del gran hundimiento, fueron pocos los valientes que se acercaron hasta aquel sitio, quizá los que lo hicieron, lo hicieron por curiosidad o simplemente por amor a las profundidades marinas.
El barco estaba hundido y lleno de algas, que teñían su cubierta de verde, las letras apenas se veían pero todo el mundo sabía de qué barco se trataba. Todo estaba claro, la causa del hundimiento, las personas que murieron, la fecha del siniestro…esos eran datos casi irrefutables, lo más refutable eran las historias, miles de historias, millones, descansaban junto a ese gran buque, que fue en su día el Titanic.
Algunos submarinistas decían que escuchaban risas, sobretodo en los camarotes de la clase baja. Quizá fueran de los niños o de los enamorados que creían que tenían el mundo a sus pies, las risas sólo duraban un instante, pero era justo en ese instante, cuando oírlas les trasmitía a aquellos hombres, la felicidad de los que reían, reían porque albergaban esperanzas de atracar en un puerto donde la vida fuese mejor.